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Vivir en São Paulo (Texto Exposición)
por Meritxell Viladomat i Modol y Jordi Vivaldi Piera
Puede resultar sarcástico hablar de “habitar” en un país dónde 8 millones de familias se encuentran sin techo. A pesar de eso y dada su complejidad, la abrumadora heterogeneidad habitacional de Sao Paulo confiere al tema un especial interés.
La capital económica y cultural de Brasil se trata de una de las urbes más grandes del planeta y es apodada como “la ciudad que no puede parar”. Su región metropolitana tiene más de 20 millones de habitantes de todas las razas y culturas, que en general se distribuyen hacia la periferia según empeora su situación socio-económica. Por eso la ciudad posee un carácter muy heterogéneo, variando de regiones altamente pobladas y verticales a barrios residenciales horizontales y de bajísima densidad, que se combinan con una gran diversidad de estratos sociales. A partir de este denso telón de fondo, los conflictos habitacionales en la ciudad parecen casi inevitables. En la organización urbana de Sao Paulo existe una gran complejidad, debido a diferentes lógicas de tipo económico, social o político, y a su efecto a lo largo del tiempo de construcción de la ciudad. Existe un predominio de la estructura centro-periferia según la economía de las familias, aunque en realidad los ricos se ubican en los barrios de mejor infra-estructura urbana, generando los sectores ricos en la franja sudoeste. De hecho el centro de Sao Paulo pasa por un proceso de gentrificación (elitización), que margina y empuja hacia la periferia a las familias con pocas o nulas condiciones económicas. Como consecuencia aparecen múltiples respuestas a esa situación, ya que no solo favelas y cortiços intentan combatir-la, sino que los poblados guaranís o los habitantes de la calle también se esfuerzan en sobrevivir unas condiciones que tan solo unos pocos privilegiados pueden resistir e incluso disfrutar. El panorama resulta tan complejo como heterogéneo. Pocas ciudades són capaces -si se trata de una capacidad- de albergar tanta diversidad habitacional y con poblaciones tan numerosas como en Sao Paulo. Tal vez algunas imágenes pueden ser representativas o explicativas de cada caso, aunque lo que pretenden es sugerir como pueden desarrolar-se algunas actividades cuotidianas en cada contexto. Sin duda las diferencias son abismales, tan abismales como permeable resulta la ciudad para dar tiempo y espacio a todas esas historias.
Vea las fotos de la exposición "Vivir en São Paulo" Barcelona 2008
La vida en las favelas no es sencilla. Al peligro que representa el poder del tráfico de drogas de la comunidad, se le suman las nefastas condiciones de vida que los ocupantes sufren en sus improvisados barracones. Se trata de construcciones casi siempre asentadas ilegalmente en terrenos públicos del estado con conexiones ilícitas a las redes de agua y luz, y que en periodos de fuertes lluvias se ven seriamente deterioradas.
El caso del enorme districto Brasilandia (250.000 hab y 113 fabelas), en la periferia paulista, no es una excepción. La fabela que trabajamos en Brasilandia, acerca de Jd. Paulistano está formada por 800 familias, todas en situación irregular, y la mayoría sin ambición ni posibilidad de progresar. Los barracones se distribuyen azarosamente por el terreno, sin que exista un sujeto claro en el espacio. Perros, gallinas, personas, caballos, conejos, entre otros seres vivos conviven en un ambiente sucio y miserable, bañado por las (negras) aguas de un riachuelo, que recoge la mayoría de residuos de la ocupación y al mismo tiempo sirve de bebedero para los animales.
Una de las principales dificultades de la política de vivienda y del crédito inmobiliario es que aunque algunos ciudadanos tengan inserción económica a pesar de no tener un contrato laboral, como por ejemplo muchos trabajadores relacionados con el sector de la limpieza, la distribución o la seguridad privada, no pueden acceder a la compra o alquiler dentro del mercado inmobiliario formal, ya que trabajan en una economía informal. Debido a este motivo no disponen de aval bancario, y por esto su alternativa es pagar caro para vivir en cortiços.
Un cortiço es un edificio casi siempre antiguo ubicado en el centro o en sus proximidades, generalmente de entre dos y cuatro plantas que se encuentran en un estado lamentable desde todos los puntos de vista y que es habitado por personas que no pueden hacer frente al aval bancario necesario en un contrato legal. Su propietario lo alquila ilegalmente al mismo precio que un edificio en buenas condiciones, pero no pide ningún tipo de aval bancario. En esas viviendas las condiciones son extremas, especialmente debido a los graves problemas estructurales que padecen los inmuebles. Sin luz natural y sin ventilación, la humedad se adueña del edificio causando serios daños especialmente en los lavabos y las cocinas. La falta de un empleo formal imposibilita a sus habitantes poderse trasladar a una vivienda digna a pesar que el precio del alquiler mensual sea el mismo.
Algunos de los barrios residenciales de la ciudad contienen varias de las casas más lujosas del país. Custiodados por todo tipo de medidas de seguridad, sus habitantes pueden tener una vida alejada, almenos virtualmente, del peligro que representan las fabelas y cortissos. Són agrupaciones de viviendas horizontales, con calles anchas y arboladas. El caso más representativo es el de Morumbí. Se trata del barrio más lujoso de la ciudad, con edificios y mansiones consideradas entre las más suntuosas del continente. Sus habitantes son políticos, banqueros, empresarios, personas con una renta elevadísima y que pueden permitir-se todo tipo de lujos, mientras a menos de trescientos metros una simple lluvia puede dejar sin techo a una familia.
Por otro lado, en Sao Paulo hay una importante tradición artística, y en determinados barrios se dan lugar numerosas actividades relacionadas con el arte. Algunos casos como el de Sergio Prado y Marcia Macul resultan sorprendentes por una manera de habitar la ciudad bohémica y a la vez implicada con los principales problemas urbanos, aunque evidentemente están apoyados por una excelente situación económica, sin la cuál no podrían llevar este estilo de vida.
Resulta curioso comprobar como algunas tribus indígenas han resistido durante décadas el ímpetu urbano de Sao Paulo. Con varios asentamientos en la metrópolis, los guaranís intentan sobrevivir con la venta de artesanía y la ayuda de algunas ONG. Són víctimas directas del colonialismo, en este caso portugués, que cortó la larga tradición de vivir con y de la naturaleza. El razonable afán de mantener su cultura les ha impedido reciclarse en una sociedad que ni puede ni quiere comprenderles. Por eso rodean sus pequeñas aldeas con un muro que separa el frenesí paulista de un mundo que intenta recordar vagamente al de hace 400 años. La calidad de sus barracas es igual o peor que las de una favela, a pesar de que tienen agua y luz regularizada. La principal diferencia es que hay cinco o seis núcleos de servicios repartidos en la aldea, de manera que cada barraca no precisa de baño, ya que son comunitarios. Esto facilita mucho la recogida y entrega de aguas, a parte de higienizarla.
La agitada calle paulista acaba transformándose, frecuentemente, en el escenario doméstico de muchas familias. Se trata de personas que no han sabido o no han podido participar del juego impuesto por una ciudad que les ha convertido en piezas sobrantes de un complejo engranaje que nunca descansa. Son individuos sin nombre, que deambulan por las calles ajenos a la intensa actividad que les rodea y que en general no tienen más ambición que la de sobrevivir. Cartones y mantas participan de una vida nómada pero urbana a la vez, donde el tiempo no es protagonista de ninguna historia, ya que no hay ninguna existencia en esas vidas.
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